En cuanto a la función esencial que cumplen los medios de comunicación en la sociedad hay que señalar ciertos aspectos.
En primer lugar, el sentido práctico que cumplen para la formación de un ideario social libre y plural. La fundamental labor de crear opinión útil para el funcionamiento de la sociedad y la vida en común.
En cuanto a las teorías que ahondan en la mirada crítica de la sociedad de la información, destacan aquellas que afirman que el término “información” se halla despojado de su sentido primigenio: el de dar forma.
Ante esto cabe plantearse: ¿quién está legitimado para configurar o dar forma a la sociedad, dotarla de significado?
Esta es una pregunta que se erige en un futuro muy próximo (de hecho, un presente) en que cada usuario puede obtener información de aquella parcela de la realidad sobre la que tiene interés, e incluso, puede configurar su espacio propio de elaboración de mecanismos comprensibles del entorno. Pero, ¿dónde queda lo demás? ¿Aquello al margen de la atención pública? ¿Dónde queda ese ámbito entre el “plato a la carta” y el intento por crear una visión del mundo lo más amplia y rica posible, como pretensión de alcanzar la complejidad del mundo contemporáneo?
¿Quién tiene capacidad para decidir qué es importante y qué no?
En un tiempo en que la autorreferencialidad en los medios de comunicación y la continua alusión (casi etérea) al mercado por parte de la información, llamada responsabilidad social de los mass-media parece difuminarse.
La vía de diferenciación para los medios de comunicación y la explotación de su ventaja competitiva más coherente sería mediante la oferta de un producto mejorado: una información que brillara por su preparación y su utilidad social posterior para crear conciencia. Parece que las soluciones que se han tomado al respecto (red de correponsalías, la conexión con agendas internacionales de noticias) no ha repercutido en dar una información verdaderamente trascendente para el tejido social. Y lo que es más incidente aún, se ha visto desvirtuado un proceso en que periodistas se trasladan a lugares donde se supone “está la noticia” para transmitir datos insustanciales, que en ocasiones tienen repercusiones en la intimidad de las personas y su desarrollo.
En el periodismo español no se perciben muchas diferencias entre las agendas mediáticas de los grandes medios de referencia. Respecto a esta realidad cabe reflexionar acerca de la pasividad del público: de la posición activa de un receptor que contrasta calidad informativa y que además, ejerce su capacidad de emplear las nuevas tecnologías de la información para encontrar en los medios un soporte apto para su voz y pronunciamientos.
La libertad de información es un derecho de cualquier ciudadano, de cualquier persona por el mero hecho de serlo, y no viene sujeto a ningún tipo de contrato social ni jurídico, ni legislativo. No existe coartación alguna para ello, sino decisión de ejercerlo como derecho. No obstante, la necesidad de unos profesionales de la información que contextualicen los acontecimientos mediáticos en la realidad compleja y cambiante, es crucial para mantener a las personas despiertas.
De nuevo nos enfrentamos con una doble vertiente: ¿cualquier persona tiene capacidad para articular una visión del mundo para difundirla o ha de consolidad la suya propia?
Nos gusta pensar en los receptores de la información como niños que observan por un caleidoscopio. Sin saber en qué sentido girarlo, sin preocuparse si la luz que atraviesa la lente es azul, verde, roja…sino creando su propia perspectiva.
En primer lugar, el sentido práctico que cumplen para la formación de un ideario social libre y plural. La fundamental labor de crear opinión útil para el funcionamiento de la sociedad y la vida en común.
En cuanto a las teorías que ahondan en la mirada crítica de la sociedad de la información, destacan aquellas que afirman que el término “información” se halla despojado de su sentido primigenio: el de dar forma.
Ante esto cabe plantearse: ¿quién está legitimado para configurar o dar forma a la sociedad, dotarla de significado?
Esta es una pregunta que se erige en un futuro muy próximo (de hecho, un presente) en que cada usuario puede obtener información de aquella parcela de la realidad sobre la que tiene interés, e incluso, puede configurar su espacio propio de elaboración de mecanismos comprensibles del entorno. Pero, ¿dónde queda lo demás? ¿Aquello al margen de la atención pública? ¿Dónde queda ese ámbito entre el “plato a la carta” y el intento por crear una visión del mundo lo más amplia y rica posible, como pretensión de alcanzar la complejidad del mundo contemporáneo?
¿Quién tiene capacidad para decidir qué es importante y qué no?
En un tiempo en que la autorreferencialidad en los medios de comunicación y la continua alusión (casi etérea) al mercado por parte de la información, llamada responsabilidad social de los mass-media parece difuminarse.
La vía de diferenciación para los medios de comunicación y la explotación de su ventaja competitiva más coherente sería mediante la oferta de un producto mejorado: una información que brillara por su preparación y su utilidad social posterior para crear conciencia. Parece que las soluciones que se han tomado al respecto (red de correponsalías, la conexión con agendas internacionales de noticias) no ha repercutido en dar una información verdaderamente trascendente para el tejido social. Y lo que es más incidente aún, se ha visto desvirtuado un proceso en que periodistas se trasladan a lugares donde se supone “está la noticia” para transmitir datos insustanciales, que en ocasiones tienen repercusiones en la intimidad de las personas y su desarrollo.
En el periodismo español no se perciben muchas diferencias entre las agendas mediáticas de los grandes medios de referencia. Respecto a esta realidad cabe reflexionar acerca de la pasividad del público: de la posición activa de un receptor que contrasta calidad informativa y que además, ejerce su capacidad de emplear las nuevas tecnologías de la información para encontrar en los medios un soporte apto para su voz y pronunciamientos.
La libertad de información es un derecho de cualquier ciudadano, de cualquier persona por el mero hecho de serlo, y no viene sujeto a ningún tipo de contrato social ni jurídico, ni legislativo. No existe coartación alguna para ello, sino decisión de ejercerlo como derecho. No obstante, la necesidad de unos profesionales de la información que contextualicen los acontecimientos mediáticos en la realidad compleja y cambiante, es crucial para mantener a las personas despiertas.
De nuevo nos enfrentamos con una doble vertiente: ¿cualquier persona tiene capacidad para articular una visión del mundo para difundirla o ha de consolidad la suya propia?
Nos gusta pensar en los receptores de la información como niños que observan por un caleidoscopio. Sin saber en qué sentido girarlo, sin preocuparse si la luz que atraviesa la lente es azul, verde, roja…sino creando su propia perspectiva.
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