El vocablo comunitario nos remite, con un obviedad contundente, a comunidad. El término nos ubica con celeridad en una característica fundamental de este tipo de radios: su vocación de servicio y/o pertenencia a una comunidad, que puede ser geográfica o de intereses. Esta primera definición es correcta, pero demasiado amplia. Muchos medios reivindican, en parte o totalmente, esta acepción.
Hagamos un poco de historia. En los prolíficos años sesenta, una serie de países del Tercer Mundo se agruparon en el bloque denominado “No Alineados”. Se agitó la consigna de un Nuevo Orden Económico Internacional, cuyas derivaciones alcanzaron la reivindicación del derecho a informar y a estar informado. Estados Unidos y los principales países del Primer Mundo, sostenían que las fuerzas del mercado garantizaban el derecho a comunicar, mientras que los tercermundistas decían que el derecho a comunicar debía ser protegido y garantizado por el Estado. Una de las principales críticas que se hacían, era que la circulación de la información, al ser manejada por un puñado de agencias occidentales, se tornaba unidireccional. Los países subalternos pretendían una comunicación autónoma, de circulación horizontal. En este marco los “No Alineados” llegaron a conformar un Pool de Agencias nacionales, que buscó revertir la situación imperante. El debate llegó a la ONU, y la propia Unesco propició una investigación que culminó con la publicación del informe: “Muchas voces, un mundo” (de la llamada Comisión Mac Bride).
Por otra parte, en 1973, en el bosque boreal canadiense, se instaló una radio comunitaria indígena, la “Wawatay” (Aurora Boreal). Contó con apoyo financiero del gobierno y al principio fue una guía para los cazadores, pero pronto pasó a ser un instrumento de comunicación para la comunidad. Posteriormente, la compañía estatal anunció un plan para proveer del servicio de radio nacional a las poblaciones con más de 500 habitantes. En 1977, y sin esperar permisos, se comenzaron a instalar 25 transmisores de 0,75 vatios, encargados por la propia “Wawatay”. Luego de algunas escaramuzas, con el ente regulador de telecomunicaciones canadiense, las autorizaciones llegaron. Las radios nativas comenzaron a ser un centro neurálgico para la vida de los pueblos. En la misma época, en Estados Unidos, también surgían radios pacifistas, ecologistas, de minorías étnicas, que se denominaban comunitarias.
Pero el evento más trascendente, que institucionalizó el nombre y le dio un ámbito mundial, se produjo en agosto de 1983. En esa fecha, en el marco del Año Internacional de las Comunicaciones, promovido por las Naciones Unidas, seiscientos radiodifusores, provenientes de 36 países, se reunieron en Montreal (Canadá) y fundaron la Asociación Mundial de Artesanos de Radios Comunitarias (AMARC) : “Se materializó así una nueva ONG para defender y promover una nueva propuesta de comunicación, la de de los medios de la sociedad civil, por fuera de los medios empresariales y estatales.”
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